Debo confesar que fui una niña muy diferente a las demás. Los cuentos en donde la princesa necesitaba ser rescatada por un príncipe no eran precisamente mis favoritos. Pero cuando nació mi hija todo cambió, me vi inmersa en ese mundo color rosa y en donde las películas y cuentos sobre princesas era el pan diario. A partir de ahí la típica frase al final de cada película: “Y vivieron felices para siempre… The End”, nos emocionaba y nos hacía soñar. En el mundo ideal qué lindos son estos finales: ver a la princesa vestida de blanco y al príncipe darse un beso, más una música de fondo, creaba la idea no solo de una boda perfecta, sino de un matrimonio perfecto sin problemas ni discusiones.

Pero cuán lejos de la realidad son estos finales. Si bien es cierto la mayoría de recién casados suelen tener un buen matrimonio, al pasar los años pareciera que la pareja perdió el encanto tal como la Cenicienta al llegar a las 12 p.m. el reloj. Muchos son los factores que pueden afectar a la relación, como la falta de comunicación, las situaciones financieras difíciles, la falta de intimidad y los afanes de la vida, por mencionar algunos.

Según datos del RENAP en 2019 se registraron 800 divorcios diarios. Al ver estos números quede impactada, no solo porque es una cifra alarmante, sino porque son 800 parejas que un día tuvieron sueños en común, planearon una vida juntos y por distintas situaciones decidieron terminar su relación.

¿Qué quiero dejarte con esta lectura? Que los finales felices tú los decides, tú los vas creando cada día en tu relación. Cada detalle que tienes con tu pareja sin importar si llevan cinco, diez o cincuenta años de matrimonio es cuestión de recordar ese día cuando lo viste o la viste por primera vez; recordar qué te llevó al altar, recordar esas mariposas en el estómago cada vez que le veías durante el noviazgo. Claro, todos cambiamos con el tiempo, maduramos, crecemos y así es el amor; pero en cada uno de nosotros está cómo vamos a cuidar nuestra relación, que ingredientes podemos añadir o quitar para poder decirle a esa persona, ya con canas y arrugas: “Mi amor, nosotros sí vivimos un felices para siempre”.

Por Vanessa de Benecke