Cuánto ganaríamos en el matrimonio si fuéramos más vulnerables como pareja. En cambio, cuánto perdemos por esconder nuestros sentimientos o lo que pensamos. Hace poco mi esposo y yo vivimos una etapa en la que constantemente nos molestaba algo del otro. Aunque fuera un asunto pequeño o grande, siempre había una discusión. Era como si volviéramos a encender el fuego con un pequeño comentario. Y aunque nos amamos muchísimo (yo estoy enamoradísima de mi esposo aún después de veinte años desde que nos conocimos), de una u otra forma terminábamos peleando o hiriéndonos con palabras o afirmaciones que no decíamos de corazón, sino que eran provocadas desde el enojo o falta de comunicación.

Esto era como un círculo vicioso. Una vez mi papá me dijo: “Cuando yo ofendo a tu mamá es como que me estuviera ofendiendo a mí mismo, y me duele, porque en el matrimonio somos uno mismo”. Y cuánta razón tenía porque al pelear o herir a la pareja no nos damos cuenta de que nos herimos a nosotros mismos y debilitamos la relación.

Sin embargo, creo que las discusiones son frecuentes en un matrimonio sano. Son como un termómetro que nos ayuda a tomar decisiones. Sin discusiones no habría aprendizaje, no ventilaríamos nuestros malestares y/o no avanzaríamos. Sin discusiones tampoco habría reconciliaciones, y qué hermoso es terminar una discusión reconciliándonos y amándonos de nuevo, cuando Dios pasa a ser el centro del matrimonio.

En nuestro caso, nos dimos cuenta de que discutíamos porque no estábamos siendo vulnerables al contar cómo nos estábamos sintiendo respecto a un tema. Esa frustración la fuimos guardando y al no expresarla correctamente nos heríamos con palabras que no venían al caso. En nuestro matrimonio el factor tiempo es muy importante. Carecemos de él por la carrera de mi esposo (es médico) y no disponemos de un horario específico para hablar o estar juntos, tampoco disponemos de largas horas para conversar. Sin embargo, esto no es excusa cuando el objetivo en el matrimonio es crecer y prosperar; así que sin planear mucho encontramos el tiempo y pudimos hablar de los temas que nos estaban enojando. Pudimos expresar cada uno nuestro punto de vista, exponiendo ambos nuestra vulnerabilidad.

¡Qué alivio ser vulnerables! Qué satisfacción se siente poder expresarnos en un lugar tan íntimo y valioso como el matrimonio. Y es que la palabra matrimonio implica mucho. Es un lugar de refugio para expresarnos, escucharnos y crecer juntos. Sí: juntos, no cada uno por su lado.

Pero ojo: presentarnos vulnerables no significa sacar ventaja del otro o usarlo como una herramienta en su contra para cuando se presente la oportunidad de herirlo.

Descubrí que durante mucho tiempo había estado albergando pensamientos negativos que crecían en contra de mi matrimonio, pero cuando supe lo que pasaba los expulsé y les cerré la puerta. La Biblia dice en 2 Corintios 10:3-5: “Pues aunque andamos en la carne, no militamos según la carne; porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo”. ¡Qué palabras tan poderosas!

Y es que muchas veces dejamos que un pensamiento se arraigue tan fuerte en nuestra mente que nos hace pensar algo que no es así y, peor aún: nos lo llegamos a creer. De ahí nacen las ofensas, el orgullo y la incapacidad de aceptar cuando estamos equivocados.

A nuestros hijos —sobre todo cuando los vemos pelear o ponerse celosos el uno del otro por logros conseguidos— les recordamos que nuestra familia es parte de un mismo equipo. Las proezas de unos benefician al equipo completo y los desaciertos lo dañan, por lo tanto, debemos estar presentes para apoyarnos entre todos, celebrar las victorias individuales y consolarnos en las derrotas.

Si estás en un círculo vicioso de pelea tras pelea con tu pareja, te exhorto a tomarte un momento y analizar de fondo qué es lo que te está molestando. Escudriña tu corazón. En la Biblia, el rey David fue un hombre con muchas fallas, pero también fue alguien “conforme al corazón de Dios”. Él es el autor de estas palabras valiosas: “Purifícame con hisopo, y seré limpio; lávame y seré más blanco que la nieve” (Salmos 51:7). No tengas miedo de ser limpiado, de desnudar tu corazón y presentarte tal como eres, reconociendo tus debilidades.

Los pensamientos de Dios para tu matrimonio son grandes. Él prometió estar contigo siempre, así que tómate el tiempo que necesites para ser vulnerable con Dios y con tu pareja. Resuelvan esas pequeñas cosas que han provocado inconformidad en su matrimonio. Verán que el resultado es poderoso y los hará crecer como pareja.

 

Eunice de Torres
Cabeza de red en la red de Jóvenes de Casa de Dios