Esta semana nos reunimos a almorzar un grupo de compañeros de trabajo por el motivo de que uno de ellos tomó la decisión de casarse. Desafortunadamente para él, fuimos solo hombres y, como sabrán, hubo muchas bromas para el homenajeado. Claro que todos coincidieron en que la decisión de casarse es una de las más importantes en la vida. Algunos buscando persuadir al compañero en su decisión firme bromeaban diciéndole: “No te cases”.

El punto importante de este evento es que retrocedí diez años, cuando mi esposa y yo tomamos la decisión de casarnos. Recordé la emoción con que hicimos elecciones trascendentales como dónde íbamos a vivir y las no tanto, como escoger el basurero para el baño de visitas. Pasamos por esa etapa de comprender nuestras limitaciones y finalmente tener una dosis de realidad; por ejemplo, iniciar nuestro hogar sin muebles de sala para recibir visitas, entre muchas otras limitantes.

Es curioso cómo uno invierte tiempo en cosas sin trascendencia y no tanto en lo que marcará nuestra vida matrimonial. Estoy seguro, recordando nuestros inicios, que no fue por mala planificación o intención de nuestra parte, sino simple desconocimiento de muchas cosas.

El libro de Eclesiastés enseña sobre el tiempo y cómo hay un espacio para cada etapa de la vida. Tiempo de nacer, de abrazar, de reír y también de llorar, de abstenerse, de guerra y de morir; pero lo que más me llama la atención es la pregunta del versículo 9: ¿Qué provecho tiene el que trabaja, de aquello en que se afana? En otras palabras, de qué sirve tanto trabajo, tanto tiempo invertido en generar provisión para nuestra casa, si eso produce en nosotros cosas negativas como el afán, pleitos, cargas innecesarias.

Hoy recuerdo con mucha nostalgia las emociones e ilusiones con las que preparábamos nuestro hogar y nuestra vida juntos. Aunque no todo ha salido tan bien, hay mucho valor en nuestro presente.           Nunca olvidemos nuestros inicios, esos votos de amor eterno en el altar, esas primeras veces de experimentar juntos… Cada experiencia vivida aporta valor a nuestro presente y genera los cimientos para lo que se viene

Talvez en el presente haya problemas y cargas fuertes sobre nuestro matrimonio, pero nada puede destruir nuestra historia juntos. Lo vivido y comido no te lo quita nadie. El diablo no puede robarnos lo que atesoramos en nuestro corazón.

Si tú, lector/a, te casaste enamorado/a, entonces guarda las cosas buenas, desecha todo lo malo (sí, esas cosas que no aportan valor a tu vida matrimonial) y atesora esas experiencias que incluso pudieron ser tristes, pero que añadieron valor a sus bases, que los sostienen en momentos difíciles y que les recuerdan por qué están el uno junto al otro.

Incluso los jóvenes —llenos de vigor y fuerza— se cansan, dice la Biblia (Isaías 40:30-31), pero solo los que confían en Dios podrán correr y volar como águilas sin cansarse. Sigue adelante en tu matrimonio confiando en Él y esperando siempre lo mejor como aquel primer día.

Rony Álvarez