Un día, después de transcurridos algunos meses de casado —por no decir pocos días— entré en un proceso. Imagino que muchos lo han vivido. Somos dos vidas desiguales con puntos de vista diferentes que se están integrando y uniendo para formar un nuevo hogar, luchando por establecer nuevas reglas y costumbres en mutuo acuerdo; y donde, por supuesto, surgen conflictos, fricciones y desacuerdos.

Siempre busco llenarme de Dios, de Su Palabra, Sus consejos, Su presencia; tener una comunión e intimidad con Él. Pero realmente se me dificultó, fue complejo el acoplamiento; creo que más para mí porque hace un tiempo había tomado la decisión de empezar a vivir solo. Ya tenía una forma establecida de cómo vivir a mi manera. Continuamente venían a mi mente muchas preguntas: “¿Cómo hago para decirle esto?” “¿Cómo evito que esto me enoje?” Llenaba mi mente de preguntas que algunas veces terminaban en discusiones.

Llegué al punto de lograr, entender y dimensionar que mi matrimonio no solo era de estar con alguien, sino que está institución perfecta creada y establecida por Dios va más allá y que es necesario un proceso que implica construir, formar, moldear, educar y trabajar el uno por el otro.

Un día, leyendo, Dios me confrontó y me dijo: “¿Por qué tienes criterios tan bajos para ti y expectativas tan altas para tu esposa?” Tocó tanto mi corazón que entendí que no debemos ser egoístas, sino dirigirnos con amor y paciencia en todo momento. Debemos ser considerados y encontrar siempre una manera sabia de decir las cosas.

Cuando el amor se transformó en mi norma para mi matrimonio fue cuando encontré el objetivo al que Dios quería que apuntara junto con mi esposa.

Hoy, ella y yo no tenemos un matrimonio perfecto, pero si un matrimonio correcto, enfocados en un mismo objetivo, dispuestos a seguir a Jesús para hacer Su voluntad, navegando con la confianza de que Él es quien guía nuestro barco.

Por Fernando Sotovando