El matrimonio es una aventura que tomamos con emoción, amor e incertidumbre. Llevo seis años de casado con Susy, mi bella esposa, y ha sido una travesía. Aun sabiendo que queda mucho por aprender y mucho por vivir, en este tiempo hemos visto, a través de la consejería, que las parejas pierden algo importante con el estrés y la rutina del día a día: la complicidad.

Cuando estamos en una relación antes del matrimonio la complicidad forma parte de nuestra vida. Nos gusta tener cosas que son solo nuestras. Charlas, momentos, aventuras, secreteos y —debemos admitirlo— momentos liderados por nuestras hormonas. Es esa complicidad la que nos hace estar conectados y nos invita a mantener una conexión única entre los dos.

Podemos volver a nuestro tiempo de noviazgo y preguntarnos: ¿En qué momentos se daba esa complicidad? ¿Qué nos hizo reír con picardía, sabiendo que teníamos algo único y nuestro? Seguramente nos llegará más de un recuerdo.

Pero el principal enemigo de la complicidad es la responsabilidad. Pero esta no es una invitación a que seas irresponsable. Lejos de eso, mi intención es que vuelvas a ser cómplice de tu pareja, que salgan a un lugar nuevo para disfrutarse, que creen momentos que solo sean suyos. La complicidad te mantiene vivo y crea una fuerte conexión entre ustedes. Por lo tanto, no dejen de ser cómplices. Todo matrimonio merece una complicidad con picardía.

Podemos poner mil excusas para no hacer algo loco o diferente, pero, sobre todo, único entre los dos. Pero las excusas de hoy limitan los recuerdos del mañana. Muchas veces olvidamos que el amor se alimenta de los buenos recuerdos y de lo que vivimos porque, como dice una frase conocida, “recordar es volver a vivir”.

Habla con tu esposo o tu esposa, y hazlo no como un matrimonio con mil responsabilidades y mil tareas por hacer, sino como alguien que regresa a su tiempo de noviazgo y propone: “¿Quieres ser mi cómplice en esta locura?”

Por Micke Gudiel
Líder de la Red de Jóvenes Casa de Dios