Desde pequeña —a diferencia de lo que soñaban muchas niñas— yo nunca soñé con mi boda. Crecí creyendo que nunca me iba a casar, que no había un hombre que fuera a amarme como las películas nos hacen creer. Llegué a los 25 años y para la sociedad ya me estaba “dejando el tren”. Sin embargo, terminé mi carrera universitaria y era una líder activa en la iglesia, hasta que un día llegó el momento en donde me di la oportunidad de creer que sí había un hombre que estaba siendo preparado para mí. Oraba por un hombre que amara a Dios más que a mí, que fuera respetuoso, amable y trabajador, entre otras cualidades; y, por supuesto, que fuera apuesto.

Fue en un domingo de marzo del año 2000 cuando Ricardo regresó de su encuentro y me gustó desde el momento que lo vi (sin saber que él era la misma persona con quien había bailado en una discoteca seis años atrás). Cuán perfectos son los planes de Dios, pues de haber entablado una relación en aquel primer momento, teniendo yo 18 años, con certeza hoy no estaríamos casados.

En agosto del 2000 Ricardo me pidió ser su novia, en noviembre me dio el anillo y el 31 de marzo del 2001 le dije que sí en el altar. Fueron 7 meses de noviazgo que para muchos podrían ser poco, pero para nosotros fue el tiempo perfecto.

Venimos de dos hogares distintos. En mi casa solo nos reuníamos a comer en fechas especiales, mientras que en la de Ricardo casi hasta celebraban el cumpleaños del perro. Yo no estaba a costumbrada a cenar y Ricardo sí. Quienes me conocen saben que soy una persona extrovertida, que mi boca pareciera tener un megáfono cuando me río y que soy una persona nocturna; pero Ricardo, en cambio, es tranquilo, analítico, se levanta temprano… ¡Más diferente, imposible! Y así podría seguir enumerando las diferencias que hay entre nosotros.

Por eso es que surge la pregunta: ¿Cómo hemos logrado estar casados durante veinte años, siendo como el vinagre y el aceite?

Precisamente las diferencias han sido parte de nuestro éxito. No somos un matrimonio perfecto, sino dos personas diferentes a las que une el amor por Dios, el amor mutuo y un propósito en común. Aunque hemos reído y llorando juntos, y aunque también hemos discutido —por supuesto—, tenemos en claro que nos casamos para toda la vida. En cada momento difícil hemos blindado nuestra relación, no dejamos que el enemigo sea la tercera persona en nuestro matrimonio. Hemos aprendido a aceptar y conocer la personalidad del otro y conformamos un equipo donde los autogoles no están permitidos.

Qué sería de una ensalada sin un rico aderezo y qué sería de nuestro matrimonio sin que nuestras diferencias le den vida y sazón. Sí, encontré a mi mejor amigo, a un esposo y padre extraordinario, y a alguien que me ama y me cuida.

No permitas que tus diferencias afecten tu relación. Comunícate y recuerda qué fue lo que te enamoró al inicio. Perdona y avanza. Deja que Dios intervenga y vivirás un matrimonio feliz y eterno.

Por Vanessa de Benecke