Desde pequeña sentí que había algo poderoso que no era humano, que me permitía experimentar una inexplicable paz en medio del llanto que me producía estar en ese silencio. Siempre estuve segura de que lo que experimentaba era algo especial y nunca me dio miedo.

Conforme avanzaba en mis años y en el conocimiento de las cosas, de las personas y en el mismo experimento de mi propia realidad, empecé a notar que lo que experimentaba en mis años de infancia en esos momentos de silencio era cada vez más escaso y cada vez menos profundo.

Segura de mis decisiones y de que mi realidad era acompañada de mis acciones y de mi libre decisión, viví en una constante y dolorosa montaña rusa. Pero a pesar de mi lejanía voluntaria y haciendo gala de mi propia decisión, en ocasiones de angustia siempre me sentía acompañada; y a pesar de lo desastroso de la situación, siempre había algo que encendía dentro de mí una chispa de esperanza. En ese momento suponía que esa chispa de esperanza me la daba mi propio conocimiento.

Mi entendimiento y mi racionalidad acerca de esos momentos de silencio que vivía en la infancia tomaron otro rumbo cuando entendí el significado que el pasaje bíblico de la mujer samaritana tenía para mi vida. La mujer samaritana fue una mujer que tuvo un encuentro con Jesús creyendo que todo en su vida estaba transcurriendo en orden. Esto nos hace pensar que muchas veces nos toca vivir cosas circunstanciales o por accidente que siempre están relacionadas con alguna decisión que hemos tomado en el camino. La parte que quiero compartir y que me dio uno de los aprendizajes más importantes de mi vida está en Juan 4:13-14: Jesús le dijo: Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; más el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.

Durante mucho tiempo me cuestioné por qué la solución que Jesús le dio a esa mujer samaritana fue la de una fuente de agua para la vida eterna. Y la respuesta a esta interrogante llegó varios años después de leer ese pasaje, en un recorrido que hice por los patios antiguos, ruinas y jardines de nuestra hermosa Antigua Guatemala, en donde una fuente de agua predominada en el centro de muchas de esas construcciones.

En el recorrido vi diferentes fuentes, no solo por su estructura, sino también por su contenido. Había fuentes secas y con pintura descascarada en su alrededor, fuentes donde no corría el agua y en cuyo estanque se mantenía turbia y con mal olor y fuentes en funcionamiento con agua cristalina y con sonido de agua en movimiento; fue en esta última donde pedí tomarme una fotografía. Me acordé entonces del pasaje de la mujer samaritana en Juan 4:13-14, entendiendo que esa fuente de agua cristalina era aquella fuente en movimiento que invitaba a la vida, rodeada de flores de muchos colores, de pájaros con sus cantos imponentes y de gente que estaba alrededor leyendo, descansando o disfrutando del ambiente. Pude entender en ese momento que lo que

Jesús nos ofrece en ese lugar es vida; y no solo temporal, sino una vida abundante y eterna.

Años después de este descubrimiento entendí que una vez que llegas a conocer a Dios como tu fuente de vida, Él te convierte en un rio de agua viva, como dice Su Palabra en Juan 7:38, en donde te permite llevar vida a otra persona que lo necesita. ¡No te quedes con las ganas de ser esa bendición para alguien más!

Cada vez que sientas que Dios no está tan cerca de ti, que quieras renunciar o piensas que tu vida no tiene sentido, busca una fuente de agua cristalina que te permita recordar, como me recordó a mí, que Dios existe y que Él es ese momento inexplicable que no entendemos, pero que está dispuesto a darnos de beber agua de vida hasta que ya no tengamos sed.

Por Karin Marroquín de Lucero
Red de Matrimonios Jóvenes