Recuerdo ese momento en mi boda cuando dije: “Prometo amarte y respetarte todos los días de mi vida hasta que la muerte nos separe”. La verdad, abriéndote mi corazón, ese día estaba más preocupada de que mi velo no se cayera que de analizar bien lo que estaba prometiendo. Seamos sinceros: la gran mayoría no valoramos los votos. Sabemos que son parte de la ceremonia, pero quizás no les ponemos la atención que merecen y olvidamos que más que prometer frente al ministro de bodas y los invitados, lo hicimos delante de Dios.

Hoy no quiero hablarte de una separación por muerte física, que debe ser uno de los dolores más duros que una persona puede vivir; sino de esas situaciones que trae la muerte de sueños, metas y propósitos en común dentro de una relación. La verdad es que el matrimonio desde el inicio trae consigo situaciones que atentan contra él: desde el vivir juntos y experimentar la manera de hacer las cosas diferentes, hasta la llegada de los hijos o un cambio de trabajo, entre muchas otras cosas que pueden crear desánimo y deseos de rendirse. Son esos momentos en que ninguno de los dos recuerda lo que prometió en el altar y, por lo contrario, dicen palabras que sugieren terminar o amenazar el pacto que hicieron ese día.

Cuando el propósito, los sueños y las metas de nuestro matrimonio se mueren empezamos a vivir un duelo. Sí: viviendo cada etapa como cuando llega la muerte de un ser amado. Pueda ser que iniciemos negando que hay un problema en la relación y cada uno empieza a vivir su vida de forma independiente. Luego podríamos sentir ira hacia la otra persona porque no vemos un interés en valorar la relación. Se empiezan a buscar culpables y hay problemas hasta por los más mínimos detalles. De ahí comienzan a negociar, pero muchas veces buscando solo un beneficio personal y no en favor a la relación.

Al no ver un interés genuino de la otra persona se puede caer en depresión. Esta etapa es muy dura porque ya no hay deseos de luchar por la relación. Por último viene la aceptación: la pareja da por muerto el matrimonio aunque muchas veces siguen viviendo juntos, pero ahora como dos personas independientes. Aceptan que ya no hay nada que hacer, se dan por vencidos y la relación termina en una separación. Estas etapas pueden variar su orden, pero el fin es el mismo: la muerte en la relación.

Lo que ha mantenido viva mi relación con Ricardo es precisamente recordar por qué estamos casados. No olvidar esos votos que hicimos hace veinte años. Aunque factores externos han querido matar nuestros sueños, metas y propósito, nos mantenemos unidos, luchando en una sola dirección, conectados con Dios, viviendo lo que dice Eclesiastés 4:9 (NTV): “Es mejor ser dos que uno, porque ambos pueden ayudarse mutuamente a lograr el éxito”.

Te invito a que ambos resuciten esos sueños como pareja y recuerden ese propósito que los unió. Si no lo tienen, nunca es tarde para escribir uno. Formen un equipo con Dios y si algo en tu relación debe morir, que sea la falta de perdón, el egoísmo, los egos y todo lo que esté afectando la relación. Te aseguro que, aunque tu matrimonio pareciera no tener esperanzas de vida, Dios puede hacer resucitar cualquier relación en donde ambos estén dispuestos a que Él intervenga y puedan vivir en plenitud hasta que la muerte física los separe.

Vanessa de Benecke
Empresaria
Cabeza de red de matrimonios jóvenes