Quién hubiera imaginado que en pleno siglo XXI viviríamos un tiempo atípico a nivel mundial;  tiempo que nos ha permitido analizar nuestra propia existencia y la relación que hemos construido desde siempre con las personas que viven en casa.

Hemos vivido acontecimientos que solo se veían en películas de drama y ciencia ficción o en series de zombis, lo que me recuerda la primera visita que hice al supermercado durante esta pandemia, en donde tuve que hacer una fila de espera durante más de una hora y al entrar el tiempo de compra permitido era de tan solo veinte minutos. Y pensé: “¿Cómo haré para comprar la lista que he manejado durante años con tiempo récord no menor a una hora?”

Salí de allí más preocupada que abastecida, especialmente porque no había podido hacer las comparaciones de artículos que durante toda mi vida había hecho y porque en medio de todas las indicaciones en los altoparlantes no pude tachar ni la mitad de la lista por cumplir con el tiempo para salir. Pero, siendo positiva, me dije: “La otra semana esto se normalizará”.

Las noticias en la radio y la televisión presentaban un virus que ya no era tan tímido y que venía para quedarse. El transporte público dejó de funcionar y las casas empezaban a convertirse en el centro de operaciones de todos los colegios, restaurantes y trabajos. Ahora, como si nada, han pasado 13 meses desde entonces.

Mi ayudante estrella en casa ya no venía porque decidimos que por salud y seguridad era mejor mantener la distancia. Empecé a notar que mi rol profesional trabajando desde casa había cambiado ligeramente porque ya no se realizaba con la misma regularidad, convirtiéndose poco a poco en el de mamá en casa, el cual no había ejercido al cien por ciento porque siempre me dediqué a trabajar afuera.

Al ver que cocinaba formalmente más de tres veces al día y que debía seguir enfocada en mi rol profesional, además de limpiar la casa y hacerla de maestra de preescolar y de primaria cumpliendo como esposa, hija y amiga, caí en cuenta de que mi “nuevo normal” me estaba convirtiendo en eso que inconscientemente nunca quise ser: ama de casa. Me paralicé y tratando de no perder el control me dije que esto sería pasajero.

Ese tiempo ha transcurrido y en mi capacidad de imaginar, planear y organizar mi futuro empecé con el cuestionamiento de si mi vida, aquella que imaginé exitosa al ser una profesional y trabajar en una empresa de renombre, se reduciría a permanecer ahora en este “nuevo normal”.

Agotada y con la noticia de que tendrían que rescindir mi contrato no tuve mejor momento para exteriorizar lo que sentía. Entre llantos y gritos le dije a mi esposo: “He estudiado tanto, me he desvelado y trabajado como loca, he hecho cosas brillantes… Pero todo eso se quedará atrás, ahora me toca estar en casa y hacer trabajos que nunca he desempeñado al cien por ciento, como cocinar, limpiar, lavar, planchar…” En un momento que tuve para respirar, mi esposo me dijo: “Karin, este es un tiempo que Dios nos ha dado para estar cerca de los nuestros, para que puedas hacer lazos memorables. Imagínate que tuvieras que salir a trabajar y dejar a nuestros hijos con alguien que también se está exponiendo a la enfermedad. Analiza e identifica que por alguna razón Dios te ha puesto en este tiempo con ellos. Y por la provisión no te preocupes porque estoy siendo esforzado y valiente. Y Dios no nos dejará”.

En ese momento terminamos la conversación y me dediqué a llorar. Luego de unos minutos pude analizar lo que mi esposo me había dicho. Y vino a mi mente esta idea: “Dos son mejor que uno”. No me sé de memoria lo que reza el versículo de Eclesiastés 4:9, pero les puedo decir que independientemente de todo lo que estaba viviendo como mujer y como esposa me sentí abrazada por mi esposo y sentí que con sus palabras me levantaba y me ayuda a ser transformada. Entendí con claridad que eso debemos hacer con nuestra pareja: escucharla sin juzgarla y que por medio de nuestras palabras y acciones pueda sentir que en esta vida estar acompañado de alguien es algo maravilloso.

Ahora que llevábamos más de un año en esta dinámica me siento como pez en el agua, organizando y llevando a cabo cada cosa que necesito hacer en el día a día. Y mientras avanzo con la escritura de este artículo viene a mi mente la frase de Viktor Frankl que dice: “Cuando ya no podemos cambiar una   situación, tenemos el desafío de cambiarnos a nosotros mismos”.

Con esta frase quiero invitarte y desafiarte al cambio. Busca en medio de las circunstancias aquellas opciones que te impulsen a mejorar tu relación de pareja y tu relación con tus hijos, con tus padres e incluso contigo misma. Te aseguro que ya no le temo ni le huyo a la linda labor de ser ama de casa porque me di cuenta de que formando a mis hijos yo también soy formada, además que he podido replantear por completo mi idea acerca del éxito profesional. El éxito para mí en este momento consiste en hacer cosas que impacten en la vida de las personas a mi alrededor y que amo; y esto lo puedo conseguir con el simple hecho de proponérmelo.

No puedo terminar este artículo sin agradecer a mi familia: a mis hijos por enseñarme tanto durante este tiempo y a mi esposo, Félix Lucero, quien me ha enseñado que toda acción tiene una reacción y porque en este tiempo se ha dedicado a trabajar por nosotros siendo ese hombre esforzado y valiente que nos inspira.

También aplaudo a todas las mujeres que, sin importar en qué rol profesional o familiar se estén desarrollando, no han dejado de creer y confiar; y a pesar de las circunstancias, siguen aportando al crecimiento de sus hijos y sus familias. Hoy esta pandemia de COVID-19 se vuelve nuestro presente, pero deja una enseñanza en mi corazón: dos son mejor que uno.

Por Karin Marroquin de Lucero