Aún recuerdo la primera compra de supermercado que hice como recién casada. Esto fue hace 20 años. Yo iba caminando por los pasillos, metiendo en la carreta los productos que, según yo, íbamos a necesitar; o si no, los que acostumbraba a comprar para mi casa cuando era soltera. Parecía que estaba en un concurso de esos que te dicen: “Tienes 5 minutos para agarrar todo lo que quieras”.

Mientras tanto yo veía de reojo que mi esposo me observaba. “Ha de estar pensando ‘Qué buena compradora resultó ser mi esposa’”, pensé. No llevaba ninguna lista, solo estaba comprando por impulso y sin un objetivo. Al llegar a la caja empecé a colocar los productos para que los cobraran, cuando en eso mi esposo me dijo: “Aquí está el dinero”. Al ver cuánto me daba, le dije: “Esto es para la semana, ¿verdad?” “No”, me dice, “es para todo el mes”.

No sé si ustedes han tenido esos momentos en donde sienten todo el cuerpo frío y se sienten hasta mareados. Así estaba yo al ver la cantidad que me estaba dando, sobre todo cuando, de soltera, había estado acostumbrada a pagar el supermercado con una tarjeta de crédito que yo no pagaba, sino mis padres. Con mucha vergüenza tuve que quitar varios productos porque no me alcanzaba el dinero que él me había dado.

Esa noche no la olvidaré. Fue cuando mi esposo me dijo: “Siéntate, tenemos que hablar”. Ahí fue donde me presentó al presupuesto, me habló de cómo íbamos a manejar las finanzas, “Tenemos esto para la luz, esto para el súper, esto para la casa”, etcétera. Para mí era algo nuevo ya que crecí en un hogar en donde no había una unidad financiera, donde no había límites. Mis padres manejaban sus finanzas de forma independiente y crecí creyendo que era lo normal. Nunca me enseñaron que había momentos en los que no se podía comprar todo lo que uno quisiera.

En resumen, crecí sin un orden financiero y creyendo que siempre habría dinero. Por eso ese día dijimos cuál sería nuestra cultura financiera como familia, lo que, entre otros acuerdos, incluía llevar un presupuesto y cumplirlo.

Una de las causas más comunes de divorcios son los problemas financieros. Más del 40% de las personas gastan más de lo que ganan. La mayoría de los matrimonios evaden las pláticas respecto a este tema y… es cierto: no es fácil. Es un tema incómodo. Sin embargo, es necesario para tener una vida financiera saludable.

Para mí no fue agradable apegarme a un presupuesto, me costó asimilarlo. Fue un cambio fuerte, pero necesario. Tener un presupuesto no solo nos ayuda a saber en qué gastamos nuestro dinero, sino a saber cuánto necesitamos para enfrentar ciertos gastos.

En el libro de Génesis nos enseñan que primero Dios ordenó la tierra y luego la bendijo. Y así será con tus finanzas: ordénalas, lleva un presupuesto junto a tu pareja, tengan dominio propio en cumplirlo y te aseguro que verás la mano de Dios obrar a tu favor.

Por Vanessa de Benecke