Cuando Ricardo y yo éramos novios soñábamos con tener dos hijos. Ya teníamos los nombres: Johann y Kathy. Dios cumplió el anhelo de nuestro corazón: en 2003 nos enteramos de la venida de nuestro primogénito y en 2006 nació la princesa. Cuántos sueños y metas teníamos para ellos, pero no contábamos con un detalle muy importante: que ellos, antes que nuestros, eran de Dios. En lo personal esto me costó entenderlo. Quería proteger a mis hijos, tenerlos en una burbuja y hacerle honor a ese dicho que dice: “Si alguien se mete con mis hijos, despertarán a una leona”. Pero cuán equivocada estaba. No digo que no debamos cuidar y defender a nuestros hijos, pero yo estaba olvidando que Dios tenía el control de sus vidas y que yo no podía ocupar Su posición creyendo que podía cuidarlos mejor que Él.

¿Cuántas veces hemos escuchado que los hijos son un préstamo de Dios y que debemos entregárselos? Cuán lejos de la realidad resulta esto cuando los ves llorar, sufrir, sentir frustración, cuando los ves esperanzados en respuestas que nunca llegan. Yo me he visto en todos estos episodios a su lado, queriendo consolarlos, sanarlos y resolverles cuanto pueda. Entendí que sí puedo hacer mucho desde mi función como mamá, pero llega el momento en que como humanos no podemos hacer más. En ese momento me di cuenta de que debía hacerme a un lado y dejar que Dios cumpliera Su propósito divino.

Sí, ese propósito que olvidamos y por el que un día oramos: “Señor, te pido por mis hijos, cumple Tu propósito en ellos, cumple Tus planes en sus vidas”. Pero cuando Dios está haciendo Su trabajo, formando en nuestros hijos el carácter que necesitan para ese propósito, aparecemos los padres queriéndole decir a Dios: “Permíteme un momento, yo tengo una mejor forma de hacerlo”.

Dios tuvo que hablarme tres veces para decirme que Él tenía el control en la vida de mis hijos, que Él les estaba enseñando a creer, que eran hijos de Él antes que míos. Cuán duro fue escuchar esas palabras. Yo era una madre que amaba tanto a sus hijos, pero no tanto como Aquel que dio la vida por ellos, por mí y por ti.  

Llevo ya varios años confiando en Dios y orando por mis hijos, pero de una manera distinta. Oro para que Su propósito se cumpla en sus vidas y para que puedan aprender en medio de las pruebas. Ahora ellos son dos jóvenes de 18 y 15 años y puedo ver cómo han sido formados por Dios mismo. Ricardo y yo hemos sido parte esencial durante esa formación, pero he aprendido a hacerme a un lado y dejar que Dios, ese Padre amoroso, se manifieste en sus vidas.

No ha sido fácil. A veces tengo miedo de lo que les pueda pasar, del daño que les puedan hacer, pero llevo cautivos mis pensamientos en Cristo y recuerdo que Dios me escogió para ser mamá de dos personas que dejarán una huella en su generación. Doblo mis rodillas, lloro al volverlos a entregar en el altar, intercedo y por último seco las lágrimas y me levanto en victoria con la seguridad de que mis pequeños están en las mejores manos, así como lo estoy yo: en las de mi Padre Celestial.

Por Vanessa de Benecke