Hace más de diez años, cuando era soltero, acumulé experiencias de noviazgo con personas muy diferentes. Podría decir que esas experiencias me ayudaron a conocer mejor mis gustos y preferencias respecto al tipo de mujer con la que probablemente podría casarme.

Recuerdo muy bien uno de tantos consejos que mi papá me dio en esa época mientras desayunábamos un domingo. Me dijo: “Hijo, no solo debes escoger para esposa a una mujer con la que quieras vivir toda una vida, sino una con la que puedas vivir toda una vida”.

Reflexioné mucho en ese consejo. Al principio me costó asimilarlo debido a que mi temperamento en ese momento era más sanguíneo que colérico. Muchas de mis relaciones pasadas habían sido basadas en emociones, experiencias y decisiones poco analizadas, y reflexioné si ese tipo de mujeres realmente podían agregarme valor y viceversa, y si hubiéramos podido vivir juntos hasta que la muerte nos separara.

En mayo de 2011, en un grupo de amistad, conocí a Taizi, quien ahora es mi esposa y ya llevamos ocho años de casados en esta travesía del matrimonio.

A primera vista me pareció muy linda, pero en esa época había decidido esperar antes de volver a entrar en una relación con alguien. En el grupo ella era la única de todas las mujeres que estaba soltera y eso hizo que fuera más accesible para invitarla a la iglesia y a reuniones de amigos y familiares. En ese tiempo me di cuenta de que Taizi no solo era una mujer bella por fuera, sino además muy bella por dentro. Hubo muchas acciones de parte de ella que me sorprendieron. Vi cómo su temperamento era muy similar al mío y esto fue sazonando mi corazón para que pudiera pensar en tener una relación con ella.

Para cuando estábamos en esa etapa de “será o no será” yo tenía 30 años y recuerdo que sucedieron varios eventos que pusieron a Taizi ante la decisión de quedarse en Guatemala o viajar a otro país. Esto mismo creó un aceleramiento para tomar decisiones, ella pidió consejos por su lado y yo por el mío, pero a mi mente vino aquel consejo de mi papá sobre decidir estar con alguien con quien quería vivir, pero también con quien podía hacerlo.

Para no hacerles largo el cuento, nos hicimos novios días después de que yo cumpliera 31 años y decidimos casarnos al final de ese año para que pudiéramos compartir una vida juntos, como mi corazón anhelaba.

¿Por qué les hablo del querer vivir, del poder vivir y del temperamento de mi esposa y el mío? Sencillo: porque muchos matrimonios se disuelven cuando los temperamentos de ambos chocan tanto que se cansan el uno del otro y el matrimonio se vuelve un martirio.

Si ya llegaste hasta esta parte —y reflexionaste sobre tu temperamento, estás casada o casado y sabes que el temperamento de tu pareja choca y/o ha puesto en riesgo tu matrimonio, no solo una vez sino muchas veces— déjame darte este consejo: sé que no puedes volver el tiempo atrás y ponerte a escoger a alguien con el temperamento adecuado para ti, pero sí hay algo que ambos pueden hacer: trabajar para transformar sus temperamentos a modo de que puedan convivir en armonía.

Muchas personas afirman que el temperamento no se puede modificar, y aún menos cuando hay alguna pelea en pareja y sacan a relucir la típica frase: “¡Así me conociste y así me escogiste!” Este tipo de actitud es peligrosa porque nosotros mismos limitamos el poder de cambiar para poder ser feliz primero “yo mismo” y, por ende, con nuestra pareja.

El temperamento de mi esposa y el mío nos ha hecho permanecer durante estos primeros ocho años de matrimonio que, créanme que sí han sido complejos: el tema cultural, las creencias y hasta tener a nuestra primera hija luego del primer año de casados… Todo eso no ayudó a fortalecer nuestro matrimonio, pero gracias a Dios que ambos perdonamos rápido, no guardamos rencor, meditamos y pedimos consejo, pensamos muy bien en las consecuencias de nuestras decisiones y, sobre todo, lo involucramos a Él en cada una de nuestras decisiones. Mi esposa y yo le pedimos sabiduría para poder cambiar aquello que no le agrada al otro y esto ha dado como resultado vencer batallas que ponían en nuestra mente la idea del divorcio.

En diciembre cumpliremos nueve años de casados. Nuestros temperamentos han mejorado para poder complementarnos mejor en pareja y con nuestros hijos. Estamos desarrollando una etapa de mayor madurez, somos felices y podría afirmarles que hemos ganado una de las primeras batallas en el matrimonio.

Te aconsejo que le pidas a Dios que te ayude a cambiar o transformar tu temperamento. Él te creó y también puede transformar cada parte de tu ser, pero solo si se lo permites. Recuerda los votos que hiciste delante de Él: nadie dijo que todo sería fácil, pero debes aprender a cambiar las actitudes que no están ayudando a tu matrimonio.

Dios puede transformar tu temperamento para que finalmente compartas tu vida no solo con quien querías vivir, sino con quien podrás vivir.

Por José Luis Caceros