Mi esposo y yo llevábamos una semana de casados cuando, una vez que yo estaba lavando los trastos, se me cayó un vaso y se rompió. Me sentí mal porque había sido uno de los regalos que nos dieron. A lo lejos en el cuarto escuché a Ricardo preguntar si yo estaba bien. Rápidamente llegó y sin reprocharme nada me ayudó a limpiar. Al terminar de recoger los vidrios, me dijo, riendo: “Bueno, ahora solo podremos invitar a dos parejas y un soltero, pues el juego de vasos era de seis”.

Unos días después ahora era él quien estaba lavando los trastos cuando escuché cómo otro vaso se rompía. Rápidamente llegué, le pregunté si estaba bien y le ayudé a limpiar. Y ahora fui yo la que le dijo, riendo: “Ahora solo serán dos parejas”.

¿Por qué te cuento esta historia? Lo que yo supe después fue que cuando Ricardo escuchó que se cayó el vaso, lo que pensó fue decirme: “Manos de mantequilla, ¿por qué no tienes cuidado?” Pero, por el contrario, lo que hizo fue preguntarme si yo estaba bien. Sin yo saberlo, él había hecho una siembra en mí con su forma de hablarme, ya que luego cosechó lo mismo cuando fue él quien rompió el vaso. Y es tan cierto lo que dice Gálatas 6:7: “No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará”.   

Uno de los negocios de mi esposo es la agricultura. Específicamente se dedica a la siembra de hule, el cual tarda de 6 a 7 años en dar fruto. ¿Te imaginas esperar todo ese tiempo sin ver una cosecha? Si ellos se impacientan e intervienen el árbol antes de tiempo, pueden echar a perder toda la cosecha. Por el contrario, si pones un frijol en algodón a los días estará dando fruto. Muchas veces esto nos pasa en nuestra vida y en nuestras relaciones. Sembramos amor, cuidado y perdón buscando recibir a cambio una cosecha inmediata, cuando la mayoría de las veces no es así. Hay un proceso para el que debemos tener la paciencia para ver la cosecha.

He visto matrimonios terminar a causa de una mala siembra que al final terminó en una cosecha que no era la que deseaban. Talvez tu esposo era cariñoso cuando eran novios pero quizá resulta que ahora no. Quizá al inicio del matrimonio si él te quería hacer cariño, tú le decías que te iba a enredar o ensuciar el pelo; o si te quería agarrar la mano le decías que tenías las uñas pintadas.

O bien, si eres varón, quizá tu esposa te atendía cuando eran novios y cuando fueron recién casados no agradeciste por la atención que recibías de ella; y quizá por eso ahora ella no te atienda con la mejor actitud.

Debes aprender a identificar tu siembra en tu matrimonio. Y si no es buena, pídele a Dios que arranque tu cosecha y empiece a plantar nuevas semillas de amor, paciencia y bondad. Solo ten cuidado con no arruinar la cosecha: si ves un fruto positivo, aunque sea pequeño, debes cuidarlo y seguramente seguirás recibiendo el fruto que esperas.

Toda cosecha tiene su tiempo. La Palabra de Dios nos habla en Gálatas 6:9 acerca de no desmayar en hacer el bien porque a su tiempo segaremos. Si eres de los que ha estado sembrado cosas buenas en su matrimonio, no desmayes porque tu cosecha está por venir.

 

Vanessa de Benecke
Cabeza de red en la Red de Matrimonios Jóvenes
Casa de Dios